PREAMBULO CONSTITUCION DE 1949
"Nos los representantes del pueblo de la Nación
Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente
por voluntad y elección de las Provincias que
la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes,
con el objeto de constituir la unión nacional,
afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer
a la defensa común, promover el bienestar general
y la cultura nacional, y asegurar los beneficios de
la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad
y para todos los hombres del mundo que quieran habitar
el suelo argentino; ratificando la irrevocable decisión
de constituir una Nación socialmente justa, económicamente
libre y políticamente soberana, e invocando la
protección de Dios, fuente de toda razón
y justicia, ordenamos, decretamos y establecemos esta
Constitución para la Nación Argentina"
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| -Acto de proclamación de la Constitución de 1949- |
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Discurso del general Juan Domingo Perón ante la Asamblea Constituyente
Reformadora el 27 de enero de 1949
Señores Convencionales Constituyentes:
En la historia de todos los pueblos hay momentos brillantes cuyas fechas se
celebran año tras año y en las cuales se establecen los principios y
despiertan los valores que los acompañaron en su vida de Nación; tales
fueron entre nosotros la Revolución de Mayo y su trascendencia americana
impulsada por nuestros generales y por nuestros soldados. Están unidas estas
fechas al entusiasmo popular que les otorga siempre un matiz de
espontaneidad propicio para cantar el triunfo o la derrota. Son las horas
solemnes que gestan la historia, son los momentos brillantes que cantan los
poetas y declaman los políticos, son las horas de exaltación y de triunfo.
Hay otras épocas en que, calladamente, los países se organizan sobre sólidos
cimientos. Se las puede llamar épocas de transición, porque siempre señalan
la decadencia de una era y el comienzo de otra. Pero no es esa su mayor
importancia, sino que en realidad, en tales momentos, se extraen
conclusiones y recapitulan los resultados de los hechos precedentes para
poder aplicar unos y otros al porvenir. El entusiasmo cede su puesto a la
serena reflexión, porque es necesario abstraer y clasificar para poder
organizar y constituir. El resultado no depende de la fuerza ni del ingenio,
sino del buen criterio y la imparcialidad de los hombres.
Dios no ha sido avaro con el pueblo argentino. Hemos saboreado los momentos
de emoción exaltada y gustado las horas tranquilas de cimentación jurídica.
La cruzada emancipadora y la era constituyente son altísimos exponentes de
la creación heroica y de la fundación jurídica.
El genio tutelar
Permitidme que después de agradecer la invitación que me habéis hecho de
asistir a este acto tan trascendental para la vida de la República, eleve mi
corazón y mi pensamiento hacia las regiones inmarcesibles, donde mora el
genio tutelar de los argentinos, el general San Martín.
San Martín es el héroe máximo, héroe entre los héroes y Padre de la Patria.
Sin él se hubieran diluido los esfuerzos de los patriotas y quizás no
hubiera existido el aglutinante que dio nueva conformación al continente
americano. Fue el creador de nuestra nacionalidad y el libertador de pueblos
hermanos. Para él sea nuestra perpetua devoción y agradecimiento. Los
Constituyentes del 53 habían padecido ya las consecuencias de la
desorganización, de la arbitrariedad y de la anarquía. La Generación del 53
era la sucesora de aquella de la Independencia, la heroica. Más que la
estrategia de los campos de batalla tenía presente la obscura lucha civil;
más que los cabildos populares, la desorganización política y el abandono de
las artes y de los campos. Había visto de cerca la miseria, la sangre y el
caos; pero debía elevarse apoyándose en el pasado para ver, más allá del
presente, la grandeza del futuro; y más aún, tenía que sobreponerse a la
influencia extranjera, ahondar en el modo de ser del país para no caer en la
imitación de leyes foráneas. Hubo de liberarse de la intransigencia de los
círculos cerrados y de los resabios coloniales, para que la Constitución no
fuera a la zaga de las de su tiempo.
Augustos diputados de la Nación nombró Urquiza a los del Congreso
Constituyente, y no estuvieron por debajo de ese adjetivo; reconstruyeron la
Patria; terminaron con las luchas y unieron indisolublemente al pueblo y a
la soberanía, renunciando a todo interés que estuviera por debajo del
bienestar de la Nación.
De esta manera se elaboró nuestra Carta Magna, no sólo para legislar sino
para organizar, defender y unir a la Argentina.
Los nuevos tiempos
La evolución de los pueblos, el simple transcurso de los tiempos, cambian y
desnaturalizan el sentido de la legislación dictada para los hombres de una
época determinada. Cerrar el paso a nuevos conceptos, nuevas ideas, nuevas
formas de vida, equivale a condenar a la humanidad a la ruina y al
estancamiento. Al pueblo no pueden cerrársele los caminos de la reforma
gradual de sus leyes; no puede impedírsele que exteriorice su modo de pensar
y de sentir y los incorpore a los cuerpos fundamentales de su legislación.
No podía el pueblo argentino permanecer impasible ante la evolución que las
ideas han experimentado de cien años acá. Mucho menos podía tolerar que la
persona humana que el caballero que cada pecho criollo lleva dentro,
permaneciera a merced de los explotadores de su trabajo y de los
conculcadores de su conciencia. Y el límite de todas las tolerancias fue
rebasando cuando se dio cuenta que las actitudes negativas de todos los
poderes del Estado conducían a todo el pueblo de la Nación Argentina al
escepticismo y a la postración moral, desvinculándolo de la cosa pública.
El derecho a la revolución
Las fuerzas armadas de la Nación, intérpretes del clamor del pueblo, sin
rehuir la responsabilidad que asumían ante el pueblo mismo y ante la
Historia, el 4 de junio de 1943, derribaron cuanto significaba una renuncia
a la verdadera libertad, a la auténtica fraternidad de los argentinos.
La Constitución conculcada, las leyes incumplidas o hechas a medida de los
intereses contrarios a la Patria; las instituciones políticas y la
organización económica al servicio del capitalismo internacional; los
ciudadanos burlados en sus más elementales derechos cívicos; los
trabajadores a merced de las arbitrariedades de quienes obraban con la
impunidad que les aseguraban los gobiernos complacientes. Este es el cuadro
que refleja vivamente la situación al producirse el movimiento militar de
1943.
No es de extrañar que el pueblo acompañara a quienes, interpretándole,
derrocaban el régimen que permitía tales abusos.
Por eso decía que no pueden cerrárseles los caminos de la reforma gradual y
del perfeccionamiento de los instrumentos de gobierno que permiten y aun
impulsan un constante progreso de los ciudadanos y un ulterior
perfeccionamiento de los resortes políticos.
Cuando se cierra el camino de la reforma legal nace el derecho de los
pueblos a una revolución legítima.
La historia nos enseña que esta revolución legítima es siempre triunfante.
No es la asonada ni el motín ni el cuartelazo; es la voz, la conciencia y la
fuerza del pueblo oprimido que salta o rompe la valla que le oprime. No es
la obra del egoísmo y de la maldad. La revolución en estos casos es
legítima, precisamente porque derriba el egoísmo y la maldad. No cayeron
éstos pulverizados el 4 de junio. Agazapados, aguardaron el momento propicio
para recuperar las posiciones perdidas. Pero el pueblo, esta vez, el pueblo
solo, supo enterrarlos definitivamente el 17 de octubre.
La justicia social
Y desde entonces, la justicia social que el pueblo anhelaba, comenzó a lucir
en todo su esplendor. Paulatinamente llega a todos los rincones de la
Patria, y sólo los retrógrados y malvados se oponen al bienestar de quienes
antes tenían todas las obligaciones y se les negaban todos los derechos.
Afirmada la personalidad humana del ciudadano anónimo, aventada la
dominación que fuerzas ajenas a las de la soberanía de nuestra Patria
ejercían sobre la primera de nuestras fuentes de riqueza, es decir, sobre
nuestros trabajadores y sobre nuestra economía; revelada de nuevo el ansia
popular de vivir una vida libre y propia, se patentizó en las urnas el deseo
de terminar para siempre y el afán de evitar el retorno de las malas
prácticas y malos ejemplos que impedían el normal desarrollo de la vida
argentina, por cauces de legalidad y de concordia.
El clamor popular que acompañó serenamente a las fuerzas armadas el 4 de
junio y estalló pujante el 17 de octubre, se impuso, solemne, el 24 de
febrero.
Tres fechas próximas a nosotros, cuyo significado se proyecta hacia el
futuro, y cuyo eco parece percibirse en las generaciones del porvenir. La
primera señala que las fuerzas armadas respaldan los nobles deseos y
elevados ideales del pueblo argentino; la segunda, representa la fuerza
quieta y avasalladora de los pechos argentinos decididos a ser muralla para
defender la ciudadela de sus derechos o ariete para derribar los muros de la
opresión; y en la última, resplandece la conjunción armónica, la síntesis
maravillosa y el sueño inalcanzado aún por muchas democracias de imponer la
voluntad revolucionaria en las urnas, bajo la garantía de que la libre
conciencia del pueblo sería respaldada por las armas de la Patria.
La gran tarea
Desde este punto y hora comenzó para la Argentina la tarea de su
reconstrucción política, económica y social. Comenzó la tarea de destruir
todo aquello que no se ajusta al nuevo estado de la conciencia jurídica
expresada tan elocuentemente en las jornadas referidas y confirmada cada vez
que ha sido consultada la voluntad popular. Podemos afirmar que hoy el
pueblo argentino vive la vida que anhelaba vivir.
No hubiéramos reparado en nada si para devolver su verdadera vida al pueblo
argentino hubiera sido preciso transformar radicalmente la estructura del
Estado; pero, por fortuna, los próceres que nos dieron honor, Patria y
bandera, y los que más tarde estructuraron los basamentos jurídicos de
nuestras instituciones, marcaron la senda que indefectiblemente debe
seguirse para interpretar el sentimiento argentino y conducirlo con paso
firme hacia sus grandes destinos. Esta senda no es otra que la libertad
individual, base de la soberanía; pero ha de cuidarse que el abuso de la
libertad individual no lesione la libertad de otros y que la soberanía no se
limite a lo político, sino que se extienda a lo económico o, más claramente
dicho, que para ser libres y soberanos no debemos respetar la libertad de
quienes la usen para hacernos esclavos o siervos.
Por el instinto de conservación individual y colectivo, por el sagrado deber
de defender al ciudadano y a la Patria, no debemos quedar indefensos ante
cualquiera que alardeando de su derecho a la libertad quiera atentar contra
nuestras libertades. Quien tal pretendiera tendrá que chocar con la muralla
que le opondrán todos los corazones argentinos.
Hasta el momento actual, sólo se habían enunciado los problemas que debían
solucionarse de acuerdo a la transformación que el pueblo argentino desea.
Ahora, la representación de la voluntad general del pueblo argentino ha
manifestado lo que contiene esta voluntad y a fe que no es mucho. Yo, que he
vivido con el oído puesto sobre el corazón del pueblo, auscultando sus más
mínimos latidos, que me he enardecido con la aceleración de sus
palpitaciones y abatido con sus desmayos, podría concretar las aspiraciones
argentinas diciendo que lo que el pueblo argentino desea es no tolerar
ultrajes de fuera, ni de dentro, ni admitir vasallaje político ni económico;
vivir en paz con todo el mundo, respetar la libertad de los demás, a
condición de que nos respeten la propia; eliminar las injusticias sociales,
amar a la Patria y defender nuestra bandera hasta nuestro último aliento.
Convencido como estoy de que estos son los ideales que encarnan los
convencionales aquí reunidos, permitidme que exprese la emoción profunda que
me ha producido ver, que para precisar el alcance de anhelo de los
Constituyentes del 53 el Partido Peronista haya acordado ratificar en el
Preámbulo de la Carta Magna de los argentinos, la decisión irrevocable de
constituir lo que siempre he soñado: una Nación socialmente justa,
económicamente libre y políticamente soberana.
Con la mano puesta sobre el corazón, creo que este es el sueño íntimo e
insobornable de todos los argentinos; de los que me siguen y de los que no
tengo la fortuna de verles a mi lado.
Las reformas
Con las reformas proyectadas por el Partido Peronista, la Constitución
adquiere la consistencia de que hoy está necesitada. Hemos rasgado el viejo
papelerío declamatorio que el siglo pasado nos transmitió; con sobriedad
espartana escribimos nuestro corto mensaje a la posteridad, reflejo de la
época que vivimos y consecuencia lógica de las desviaciones que habían
experimentado los términos usados en 1853.
El progreso social y económico y las regresiones políticas que el mundo ha
registrado en los últimos cien años, han creado necesidades ineludibles; no
atenderlas proveyendo a lo que corresponda, equivale a derogar los términos
en que fue concebida por sus autores.
¿Podían imaginar los Constituyentes del 53 que la civilización retrocediera
hasta el salvajismo que hemos conocido en las guerras y revoluciones del
siglo XX? ¿Imaginaron los bombardeos de ciudades abiertas o los campos de
concentración, las brigadas de choque, el fusilamiento de prisioneros, las
mil violaciones al derecho de gentes, los atentados a las personas y los
vejámenes a los países que a diario vemos en esta posguerra interminable?
Nada de ello era concebible. Hoy nos parece una pesadilla, y los argentinos
no queremos que estos hechos amargos se puedan producir en nuestra Patria.
Aún más: deseamos que no vuelvan a ocurrir en ningún lugar del mundo.
¡Anhelamos que la Argentina sea el reducto de las verdaderas libertades de
los hombres y la Constitución su imbatible parapeto!
Orden interno
En el orden interno, ¿podían imaginarse los Convencionales del 53 que la
igualdad garantizada por la Constitución llevaría a la creación de entes
poderosos, con medios superiores a los propios del Estado? ¿Creyeron que
estas organizaciones internacionales del oro se enfrentarían con el Estado y
se negarían a sojuzgarle y a extraer las riquezas del país? ¿Pensaron
siquiera que los habitantes del suelo argentino serían reducidos a la
condición de parias obligándoles a formar una clase social pobre, miserable
y privada de todos los derechos, de todos los bienes, de todas las ilusiones
y de todas las esperanzas? ¿Pensaron que la máquina electoral montada por
los que se apropiaron de los resortes del poder llegaría a poner la libertad
de los ciudadanos a merced del caudillo político, del "patrón" o del "amo",
que contaba su "poderío electoral" por el número de conciencias impedidas de
manifestarse libremente?
Hay que tener el valor de reconocer cuándo un principio aceptado como
inmutable pierde su actualidad.
Aunque se apoye en la tradición, en el
derecho o en la ciencia, debe declararse caduco tan pronto lo reclame la
conciencia del pueblo. Mantener un principio que ha perdido su virtualidad,
equivale a sostener una ficción.
Con las reformas propiciadas pretendemos correr definitivamente un tupido
velo sobre las ficciones que los argentinos de nuestra generación hemos
tenido que vivir. Deseamos que se desvanezca el reino de las tinieblas y de
los engaños. Aspiramos a que la Argentina pueda vivir una vida real y
verdadera. Pero esto sólo puede alcanzarse si la Constitución garantiza la
existencia perdurable de una democracia verdadera y real.
El ideal revolucionario
La demostración más evidente de que la conquista de nuestras aspiraciones va
por buen camino la ofrece el hecho de que se reúne el Congreso Nacional
Constituyente después de transcurridos más de cinco años y medio del golpe
de fuerza que derribó el último gobierno oligárquico. La acción
revolucionaria no hubiera resistido los embates de la pasión, de la maldad y
de odio si no hubiese seguido la trayectoria inicial que dio impulso y
sentido al movimiento. La idea revolucionaria no hubiera podido concretarse
en un molde constitucional de no haber podido resistir las críticas, los
embates y el desgaste propios de los principios cuando chocan con los
escollos que diariamente salen al paso del gobernante. Los principios de la
revolución no se hubieran mantenido si no hubiesen sido el fiel reflejo del
sentimiento argentino.
Muy profunda ha de ser la huella impresa en la conciencia nacional por los
principios que rigen nuestro movimiento cuando en la última consulta
electoral el pueblo los ha consagrado otorgándoles amplios poderes
reformadores. Y de esta Asamblea que hoy inicia su labor constructiva debe
salir el edificio que la Nación entera aguarda para alojar dignamente el
mundo de ilusiones y esperanzas que sus auténticos intérpretes le han hecho
concebir.
En este momento se agolpan en mi mente las quimeras de nuestros próceres y las inquietudes de nuestro pueblo. Los episodios que han
jalonado nuestra historia. La lucha titánica desarrollada en los casi ciento
treinta y nueve años transcurridos desde el alumbramiento de nuestra Patria.
La emancipación, los primeros pasos para organizarse, las discordias
civiles, la estructuración política, los anhelos de independencia total, la
entrega a los intereses foráneos, la desesperación del pueblo al verse
sojuzgado económicamente y el último esfuerzo realizado por romper toda
atadura que nos humillara y toda genuflexión que nos ofendiera.
Todo esto desfila por mi mente y golpea mi corazón con igual ímpetu que
percute y exalta vuestro espíritu. Y pienso en los fútiles subterfugios que
se han opuesto a las reformas proyectadas. Y veo tan deleznables los motivos
y tan envueltas en tinieblas las sinrazones, que ratifico, como seguramente
vosotros ratificáis en el altar sagrado de vuestra conciencia, los elevados
principios en que las reformas se inspiran y las serenas normas que
concretan sus preceptos.
Y consciente de la responsabilidad que a esta Magna Asamblea alcanza, os
exhorto a que ningún sórdido interés enturbie vuestro espíritu y ningún
móvil mezquino desvíe vuestro derrotero. Que salga limpia y pura la voluntad
nacional. ¡Así añadiréis un galardón más de gloria a nuestra Patria!
Interés supremo de la Patria
En los grandes rasgos de las reformas proyectadas por el Partido Peronista,
se perfila clara la voluntad ciudadana que ha empujado nuestros actos.
Cuando al crearse la Secretaría de Trabajo y Previsión se inició
definitivamente la era de la política social, las masas obreras argentinas
siguieron esperanzadamente la cruzada redentora que de tanto tiempo atrás
anhelaban. Vieron claro el camino que debía recorrerse. En el discurso del
día 2 de diciembre de 1943 afirmaba que "por encima de preceptos
casuísticos, que la realidad puede tornar caducos el día de mañana, está la
declaración de los altísimos principios de colaboración social". El objeto
que con ello perseguía era: robustecer los vínculos de solidaridad humana,
incrementar el progreso de la economía nacional, fomentar el acceso a la
propiedad privada, acrecer la producción en todas sus manifestaciones y
defender al trabajador mejorando sus condiciones de trabajo y de vida.
Al volver la vista atrás y examinar el camino recorrido desde que tales
palabras fueron pronunciadas, no puedo menos que preguntar a los esforzados
hombres de trabajo de mi Patria entera si, a pesar de todos los obstáculos
que se han opuesto al logro de mis aspiraciones he logrado o no lo que me
proponía alcanzar.
Y cotejando este programa mínimo, esbozo de la primera hora, cuando era tan
fácil prometer sin tasa ni medida, ¿no es cierto que se nota una completa
analogía con los rasgos esenciales de la reforma que el peronismo lleva al
Congreso Constituyente? La mesura con que Dios guió mis primeros pasos es
equiparable a la prudencia que inspira las reformas proyectadas.
Si así no hubiera sido, tened la absoluta certeza, de que, como jefe del
partido, no hubiera consentido que se formularan. En toda mi vida política
he sostenido que no dejaré prevalecer una decisión del partido que pueda
lesionar en lo más mínimo el interés supremo de la Patria. Creed que esta
afirmación responde al más íntimo convencimiento de mi alma, y que
fervientemente pido a Dios que mientras viva me lo mantenga.
Había pensado en la conveniencia de presentar ante Vuestra Honorabilidad el
comentario de las reformas que aparecen en el anteproyecto elaborado por el
Partido Peronista. Desisto, sin embargo, de la idea porque exigiría un
tiempo excesivo. Por otra parte, la explicación se encuentra sintetizada en
el propio anteproyecto y desarrollada ampliamente por mí en un discurso que
ha tenido amplia difusión.
La presencia de los pueblos
Señores: La comunidad nacional como fenómeno de masas aparece en las postrimerías de la democracia liberal. Ha desbordado los límites del ágora política ocupada por unas minorías incapaces de comprender la novedad de los cambios sociales de nuestros días. El siglo XIX descubrió la libertad, pero no pudo idear que ésta tendría que ser ofrecida de un modo general, y que para ello era absolutamente imprescindible la igualdad de su disfrute.
Cada siglo tiene su conquista, y a la altura del actual debemos reconocer
que así como el pasado se limitó a obtener la libertad, el nuestro debe
proponerse la justicia.
El contenido de los conceptos Nación, sociedad y voluntad nacional no era
antes lo que es en la actualidad. Era una fuerza pasiva; era el sujeto
silencioso y anónimo de veinte siglos de dolorosa evolución. Cuando este
sujeto silencioso y anónimo surge como una masa, las ideas viejas se vuelven
aleatorias, la organización política tradicional tambalea.
Ya no es posible mantener la estructuración del Estado en una rotación entre
conservadores y liberales. Ya no es posible limitar la función pública a la
mera misión del Estado-gendarme. No basta ya con administrar: es
imprescindible comprender y actuar. Es menester unir; es preciso crear.
Cuando esa masa planta sus aspiraciones, los clásicos partidos turnantes
averiguan que su dispositivo no estaba preparado para una demanda semejante.
Cuando la democracia liberal divisa al hombre al pie de su instrumento de
trabajo, advierte que no había calculado sus problemas, que no había contado
con él, y, lo que es más significativo, que en lo futuro ya no se podrá
prescindir del trabajador.
Lo que los pueblos avanzan en el camino político, puede ser desandado en un
día. Puede desviarse, rectificarse o perderse lo que en el terreno económico
se avanza. Pero lo que en el terreno social se adelante, esto no retrocede
jamás.
Democracia social
Y la democracia liberal, flexible en sus instituciones para retrocesos y
discreteos políticos y económicos, no era igualmente flexible para los
problemas sociales; y la sociedad burguesa, al romper sus líneas ha mostrado
el espectáculo impresionante de los pueblos puestos de pie para medir la
magnitud de su presencia, el volumen de su clamor, la justicia de sus
aspiraciones.
A la expectación popular sucede el descontento. La esperanza en la acción de
las leyes se transforma en resentimiento si aquéllas toleran la injusticia.
El Estado asiste impotente a una creciente pérdida de prestigio. Sus
instituciones le impiden tomar medidas adecuadas y se manifiesta el divorcio
entre su fisonomía y la de la Nación que dice representar.
A la pérdida de prestigio sucede la ineficacia, y, a ésta, la amenaza de
rebelión, porque si la sociedad no halla en el poder el instrumento de su
felicidad, labra en la intemperie el instrumento de la subversión.
¡Esto es el signo de la crisis!
El caso de los absolutismos abrió a las iniciativas amplio cauce; pero las
iniciativas no regularían por sí mismas los objetivos colectivos, sino los
privados.
Mientras se fundaban los grandes capitalismos, el pueblo permaneció aislado
y expectante. Después, frente la explotación, fortaleció su propio
descontento.
Hoy no es posible pensar organizarse sin el pueblo, ni organizar un Estado
de minorías para entregar a unos pocos privilegiados la administración de la
libertad. Esto quiere decir que de la democracia liberal hemos pasado a la
democracia social.
Nuestra preocupación no es tan sólo crear un ambiente favorable para que los
más capaces o los mejor preparados labren su prosperidad, sino procurar el
bienestar de todos. Junto al arado, sobre la tierra, en los talleres y en
las fábricas, en el templo del trabajo, donde quiera que veamos al individuo
que forma esas masas, al descamisado, que identifica entre nosotros nuestra
orgullosa compresión del acontecimiento de nuestro siglo, se halla hoy
también el Estado.
Nuestro apoyo
El Estado argentino de hoy tiene ahí puesta su atención y su preocupación.
La felicidad y el bienestar de la masa son las garantías del orden, son el
testimonio de que la primera consigna del principio de autoridad en nuestra
época ha sido cumplida.
Queden con su conciencia los que piensan que el problema puede solucionarse
aprisionando con mano de hierro las justas protestas de la necesidad o los
que quieren convertir la Nación en un rencoroso régimen de trabajos forzados
sin compensaciones y sin alegrías.
Nosotros creemos que la fe y la experiencia han iluminado nuestro
pensamiento, para permitirnos extraer de esa crisis patética de la humanidad las enseñanzas necesarias.
Esa masa, ese cuerpo social, ese descamisado que estremece con su presencia
la mole envejecida de las organizaciones estatales que no han querido aún
mortificarse ni progresar es, precisamente, nuestro apoyo, es la causa de
nuestros trabajos, es nuestra gran esperanza. Y esto es lo que da,
precisamente, tono, matiz y sentido a nuestra democracia social.
Perfeccionar la libertad
Señores: Estamos en este recinto unidos espiritualmente en el gran anhelo de
perfeccionar la magna idea de libertad, que las desviaciones de la
democracia liberal y su alejamiento de lo humano hicieron imposible.
Cuando el mundo vive horas de dolorosa inquietud, nos enorgullece observar
que lo que impulsa y anima nuestra acción es la comunidad nacional
esperanzada. Conscientes de la trascendencia del momento, del signo decisivo
de esa época en que nos hallamos, queremos hacernos dignos de su confianza.
Señores Convencionales: Termino mis palabras con las que empieza y seguirá
empezando nuestra Constitución: ¡Invoco a Dios, fuente de toda razón y
justicia, para que os dé el acierto que los argentinos esperamos y que la
Patria necesita!
*JUAN DOMINGO PERON*