sábado, 30 de octubre de 2010

*Qué tristeza, Cobos es vicepresidente*


29 de Octubre de 2010
Está esa mujer, la Presidenta, que seguirá institucionalmente sola porque, se sabe, tuvo un compañero de fórmula, allá por 2007, que eligió entrar en la Historia en el capítulo que se le dedica en minúsculas a los que carecen de convicción.

La mano de Cristina se desliza con suavidad sobre un ataúd lustrado, cubierto de banderas celestes y blancas, de alguna que otra flor, de pañuelos blancos de memoria; un ataúd absurdo que contiene los restos de quien fue el hombre al que amó, el padre de sus hijos, su compañero de vida, de militancia, su jefe político, un ex presidente que talló la historia nacional con la impronta huracanada de sus convicciones, para algunos, para muchos, la figura que partió la historia de la Argentina reciente en dos. Y ahí, Cristina, esa mujer que deberá sobrellevar los días de su soledad íntima, infinita, expuesta a la mirada de todos. Desgarrada mujer que padece en privado su dolor.

Hay también, y por sobre todo, un pueblo que sufre, que está triste, que se ve en las calles, que se siente en los silencios de las barriadas de los laburantes, ahí donde viven y sueñan. Los laburantes que encontraron en ese hombre testarudo, indómito, cabrón, polémico, hiperactivo, una razón de esperanza porque hizo lo correcto en el momento correcto, porque alivió algunos de los pesares cotidianos. Pesar de los laburantes curtidos en la desolación, el abandono y la intemperie a que los sometió, año tras año, la indolencia de un sistema que no sólo no los contuvo, sino que los expulsó. Y fueron millones.

El dolor que hoy es astilla en el corazón de mayorías, que volvieron a trabajar, que pudieron jubilarse, que tienen, al menos, un plato de comida que los acerca un poco a la dignidad. Pero falta tanto aún. De eso no hay dudas. Como tampoco las hay si se recuerda que no hubo una sola medida que afectara los intereses de los trabajadores desde aquella mañana de 25 mayo de un ¿lejano? 2003, en que ese tipo común que murió el miércoles jurara como presidente.

Un proceso político que se iniciaba rabioso de dudas, genuinas y lógicas, dudas como callos en la piel de una sociedad que fue testigo hasta entonces de la insolencia de una casta de dirigentes que, cuando debió actuar, lo hizo siempre, siempre, echando mano a las recetas escritas por otros, ese rosario de la indignidad: el FMI, sus ajustes y más ajustes –es hora de mirar a Europa y recordar el infierno argentino de ayer nomás–, las corporaciones, el capital concentrado, trasnacional, financiero, el de los buitres al acecho, de los grandes empresarios, los monopolios, los omnipresentes formadores de opinión, que hoy, que ayer, que sólo unas horas después de la muerte súbita de un vecino ilustre de El Calafate ya estaban conjeturando sobre un futuro propicio, para volver a la carga ante la supuesta debilidad de esa mujer que sufre y que en pocas horas más enterrará al hombre que amó.

A los escribas de Clarín y La Nación, la voracidad no les permitió tomarse el tiempo necesario para respetar el duelo, más no fuese, forzados por cortesía: que ya empezaron a especular con su banquete caníbal. Ni algunos dirigentes de la oposición se atrevieron a tanto. El pueblo los lee. El pueblo se enoja. Y el pueblo tiene razón.

Está esa mujer, entonces, que trabaja de presidenta y que seguirá institucionalmente sola porque, se sabe, tuvo un compañero de fórmula, allá por 2007, que eligió entrar en la Historia en el capítulo que se le dedica en minúsculas a los que carecen de convicción y prefieren hocicar siempre cuando el desafío les impone jugarse por algo, esos que viven la vida en pantalones cortos.

Hay un pueblo –pueblo, no gente– en la calle. Llora, y arrima como puede unas palabras de fuerza para Cristina. Hay figuras públicas, artistas, intelectuales, deportistas, mandatarios extranjeros, Piñera, Correa, Lugo, Mujica, Santos, Chávez, Lula, y otros tantos que estuvieron presentes, que mandaron sus condolencias, que se los vio quebrados, que dejaron sus palabras −como Evo que dijo “quedamos huérfanos”−, y eso habla, sin dudas, de la estatura continental que otros líderes le otorgaban al hombre que murió.

Estuvieron –están– las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, honrando con su presencia y sus lágrimas a un presidente democrático. Las Madres y las Abuelas. Las lágrimas de Estela, Hebe, de Nora, de Taty dicen infinitamente más que la tinta sucia que se pudo leer por estas horas en algunos diarios.

Pasaron por el Salón de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada funcionarios, diputados y senadores, sindicalistas, Hugo Moyano, kirchneristas, peronistas disidentes, socialistas, radicales, dirigentes de la Coalición Cívica, del PRO. Casi todos llevaron su pésame a Cristina, a sus hijos Máximo y Florencia, a Alicia, hermana del ex presidente. Casi todos. Menos uno: Julio César Cleto Cobos.

El vicepresidente opositor, que desde la madrugada del 17 julio de 2008 con su voto “no positivo” colocó su trayectoria política en la banquina de la Historia, declaró: “Murió quien fue un gran presidente.” Palabras. Dijo también: “Era un hombre con muchas convicciones; un gran trabajador.” Más palabras. Luego empezó a tejer y a destejer, con su sequito de analistas, los costos políticos de cada movimiento, y así fue que ofreció el Congreso para las exequias de “quien fue un gran presidente”. Y sólo obtuvo silencio, la mismísima indiferencia que cualquiera le puede brindar a un especialista en defecciones.

Luego, con las horas, decenas de miles de argentinos, de laburantes, de pobres, de jóvenes, de viejos, de familias, de militantes, se congregaron a la Plaza de Mayo, y un coro indignado, atragantado de bronca y dolor, recordó las felonías de Cobos, entre insultos y con el reclamo de que el vice opositor, que anhela el sillón presidencial que hoy le corresponde a esa mujer que en horas enterrará al hombre que amó desde su juventud, se vaya. Así lo gritaron. Que renuncie. Que si quiere, siga hilvanando su antikirchnerismo, pero por fuera del gobierno que lo trajo hasta acá. Ayer Cobos se rindió ante la evidencia y dijo: “Mi intención era asistir a la Casa de Gobierno para rendir mis respetos.” Más palabras. Y agregó: “Tomé la decisión de no ir y evitar así cualquier situación que perturbe este momento de reflexión y dolor.”

El pueblo está dolido, sin dudas. Pero es el mismo pueblo que sufre por la muerte de su líder, el que lo votó hace tres años, un 28 de octubre de 2007, junto a Cristina y que le dio con el 44% de los sufragios el triunfo electoral en primera vuelta. Tres años. Paradójicamente, el vice de aquella fórmula que debía consolidar el proyecto que se había iniciado en 2003 hoy no puede enfrentar a sus electores, no puede, no quiere, no le da el coraje para enfrentar a quien traicionó. Él se colocó ahí, en un rinconcito gris. El respeto hay que rendirlo en vida.

Y lo paradójico no es sólo anécdota. Cristina Fernández deberá sepultar a su marido, continuar su mandato y mirar de reojo para que quien debería cuidarle la espalda no le corra el sillón.

Julio César Cleto Cobos seguirá siendo vicepresidente, así lo afirmó –aunque está probado que es un hombre que cambia de idea fácilmente– hasta 2011. Y no es anécdota, porque la institucionalidad está de por medio.

Cobos encarna, lo dice con actos, un modelo que nada tiene que ver con el del oficialismo. Irresponsablemente, por ejemplo, dio su voto para que el 82% móvil para los jubilados se convirtiera en ley pero sin tener la menor idea de cómo sería financiado. Un caprichito de politiquería que no hizo más que mostrar la estirpe de cierta oposición, incluido el vicepresidente.

Hoy Cristina Fernández enterrará al hombre que amó.

Y deberá continuar, a la vista de todos, haciendo equilibrio entre el dolor infinito y el rol que asumió hace tres años.

Murió Néstor Kirchner.

El pueblo está dolido.

Cobos, desnudo.

Lo que se ve es lo que hay.

Qué triste



*Por Gustavo Cirelli*

Editor Ejecutivo
Diario Tiempo Argentino
http://tiempo.elargentino.com/notas/que-tristeza-cobos-es-vicepresidente

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